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y quienes son los pobres?
29 de Enero, 2008, 14:38
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de Catholic Net
“Sería mejor darlo a los pobres”, “hay
que trabajar por los pobres” “pensemos primero en los pobres”,
“hay que hacerse pobre…”. Todas son frases muy usadas, escuchadas
a menudo pero desprovistas de un verdadero rostro. Todas usan
ese término: “pobres”, en abstracto. Pero… ¿quiénes son los pobres?
¿Es
la pobreza un estado o una virtud? ¿Es alcanzable o
se debería huir de ella? Y suponiendo que quisiese conseguirla
¿la esposa estará de acuerdo en vivir con menos cosas?
¿Hay diversos modos de vivir la pobreza? ¿O es la
misma pobreza la de san Francisco de Asís, la Madre
Teresa, los ciudadanos del tercer mundo, los desempleados, los virtuosos,
o los mendigos de los puentes?
Con un planteamiento así
la pobreza se nos presenta con un rostro completamente diverso
al trazado por nuestra traicionera imaginación. Curiosamente al escuchar “pobreza”
vienen a la mente telas roídas, caras pálidas y desnutridas,
llagas abiertas, costillas esqueléticas... La pobreza en cambio, también
puede ser virtud, de lo contrario estaría reservada a unos
cuantos.
Es virtud cuando se convierte en una disposición constante del
alma que orienta rectamente los deseos y el apego a
las riquezas y cosas de este mundo (Catecismo de la
Iglesia Católica 2545). Forja un gran hábito el que se
ejercita en el desprendimiento y la renuncia de lo que
no es fundamental. Siguiendo este sendero la pobreza le fue
posible al arquitecto más grande del siglo XX, al artífice
de la futura catedral de Barcelona, “La Sagrada Familia”.
Su nombre: Antonio Gaudí, su siglo: ¡El nuestro!
Era el artista más renombrado de la ciudad, su originalidad
y talento le situaron en la cúspide de la fama.
Le llovían trabajos con remuneraciones magníficas, estaba a cargo de
obras de envergadura, materialmente no le faltaría nada, podría resolver
su vida y la de las cuatro generaciones subsiguientes. ¡Todo
resuelto, a disfrutar se ha dicho!
El arquitecto de Dios,
el viejo de la barba blanca y los ojos de
un color azul encendido, eligió otro camino. Una senda estrecha
pero libre, exigente pero feliz, congruente y generosa. Optó
por una pobreza digna y elocuente. Vivió sus últimos
años en un pequeño cuarto debajo de la catedral, tal
como lo atestiguan las hermanas religiosas que lo conocieron. “Cuando
fuimos no encontramos nada, ni un bote, ni una cuchara,
ni un trozo de papel, nada. Apenas tenía nada ni
para encender el fuego”.
Gaudí es ejemplo de una pobreza
callada y desprendida de todo lo superfluo. Pobre es aquél
que teniendo bienes, sólo los usa en la medida en
que estrictamente los necesita. Al pobre por virtud le basta
lo indispensable y cuando incluso eso le falta le sobra
amor para suplir aquel hueco material.
Hay muchos casos así,
hombres de nuestro tiempo, emprendedores, luchadores, empresarios o profesionistas de
éxito que arrancan de su corazón y su vida lo
inútil, lo superfluo, lo cómodo. Saben dar a los demás
con generosidad y a la vez administrar con responsabilidad y
competencia. Buscan fortalecer sus empresas para así dar más trabajo
a la gente. No dan el pescado: enseñan a pescar,
alimentan el capital, no lo destruyen. El objetivo es socorrer
convenientemente a los necesitados y acortar (no solo por unas
semanas) las distancias entre unos y otros.
Constituirse pobre con
el pobre significa promover su bienestar, el de su persona
como el de su familia y entorno, establecer bases equitativas
en las relaciones entre patronos y obreros, vivificar y robustecer
en los unos y en los otros la conciencia de
los propios deberes y la observancia de los preceptos evangélicos.
El hombre, sea pobre o rico, que se hace sordo
al clamor de sus hermanos limita la visión de sí
mismo y de los demás. Es un ciego engañado en
la sombra efímera que le presentan los bienes del dinero,
el poder y los placeres.
La pobreza en esa perspectiva
es activa. No se duerme bajo las llagas de la
miseria ni se acomoda en un egoísta “tengo lo necesario
apenas para mí, los demás que se las arreglen”.
Por ello
para cultivar con integridad esta virtud y evitar todo individualismo,
la pobreza viaja acompañada de la caridad, de la generosidad.
Hay pobres en lo material que son también ejemplares en
la aceptación de su estado. Agradecen todos los dones, aprecian
las ayudas, se esfuerzan por superarse y, lo que es
más importante, acompañan sus carencias materiales con una ancha pobreza
de espíritu. Por eso no caben en sus pechos los
celos, la envidia, el odio hacia el rico, el burgués,
el jefe, el sistema, el gobierno y un largo etcétera
de posibles culpables. El pobre que desea con rabia lo
es sólo en los bolsillos, el pobre que desea vaciarse
para enriquecer su corazón lo es en plenitud ¡Ese es
pobre virtuosamente!
Entonces, las cosas materiales, ¿estorban? ¿Son el cáncer de
este mundo, la enfermedad del espíritu? San Ignacio de Loyola,
con sus ejercicios espirituales, nos contestaría: “Tanto en cuanto, hermano
mío, tanto en cuanto”. Lo material es bueno o malo
en tanto en cuanto me lleve a mi Creador o
me aleje de Él. En acercarme a mi Creador se
encierra mi ideal, mi prójimo, mi felicidad. “Soy más feliz
mientras más doy. Dar lo que tengo, lo que soy,
lo que puede servirte, lo que puede llevarnos, a los
dos, a nuestra máxima plenitud”.
El hombre vale más que
sus bolsillos, sea que estos estén llenos o agujereados, porque
el peso del hombre está en su corazón.
Señor, Tú
que te hiciste pobre para enriquecernos a todos, ¡enséñame a
seguir Tu ejemplo y vivir tu bienaventuranza!
“Bienaventurados los pobres
de espíritu, porque de ellos es el Reino de los
cielos” (Mt 5,3).
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